No sé nada

Te veo, y te veo y te veo
en la foto de tus 23
y me pregunto
¿yo dónde andaba?
¿qué dragones?
¿qué batallas?
¿qué cosa había?
¿qué se creía?
¿para qué tanto circo y tanta faramalla?

Te veo, te veo, te veo
despertar a mi lado
y me pregunto
¿yo dónde ando?
¿qué dragones?
¿qué batallas?
¿qué cosa habrá?
¿qué se cree?
¿para qué tanto circo y tanta faramalla?


Brenda






Le dijeron que el mundo terminaría pronto
y respiró aliviada.
Vería los otros tonos, las otras luces, los otros otros.
Finalmente, de su vida sólo quedaban algunas brasas intocables.
Pronto sabría quién era.

Noticias del mundo de al lado

Me dice el taxista en la mañana:
Hace frío porque esque el Popo se voltea pacá y con todo el humo y el hielo que saca nos manda el frío tempranito.
Le digo: pero el Popo es un volcán, y de los volcanes sale calor.
Me dice: Sí, pero de éste no, porque éste está en Puebla… y en Puebla hace frío.
Luego nos quedamos callados. Pienso en que él no sabe, pero quizá como escritor de comics sacaría un dinero extra. Dos semáforos después, suena el anuncio de un hongo michoacano que cura hasta el cancer y él vuelve del silencio, enojado: Gente ignorante, si ese hongo curara el cancer, no habría institutos de cancerología. Se calla un poco, luego dice: Lo único que cura el cancer es el caldo de zopilote. Obvio, casi sonriendo, le pregunto por qué entonces hay institutos de cancerología. Aaahh… –suelta un “aaah” como si hubiera esperado años para soltarlo, años a que alguien cayera en la trampa- porque esos están en las ciudades y en las ciudades no hay zopilotes. Le digo que podríamos reproducirlos, como a las gallinas, y me contesta que no, que no podríamos porque los zopilotes comen carroña, y es por eso que se pueden llevar el cancer. El poema que sale volando me deja quieto, no quiero seguirle preguntando para que no despedace la frágil idea, pero antes de bajarme de su taxi y perderlo para siempre, ya con la puerta abierta, me animo: Oiga ¿Y porqué no les damos carroña a los zopilotes? Concentrado en quitar una mancha del parabrisas, me dice: Porque eso no se puede hacer, sería muy feo, pues. ¿O a usted le hubiera gustado que le dieran carroña de chiquito? No verdad… No hay que hacer con los otros lo que no nos gusta que nos hagan ¿No trae cambio?

Big-bang II





Anoche sembré en tu cuerpo
chorros de semillas prestadas,
que nunca fueron mías,
cómo tú.

Materia








Mientras trapeaba, Lluvia, escuchó al meteorólogo de la tele decir “cuerpo de agua” y pensó en el cuerpo de él, y se humedeció.













Cuento...


...y los barrotes comenzaron a oxidarse, a torcerse, a doblarse.

El ignorante


Yo sé, al menos,
que en cada playa el mar empieza siempre
que verte es comenzar de nuevo
y que nada nunca será suficiente.

Ya sé, al menos,
que todo volverá cuando nos hayamos ido
y que no hay forma de irnos para siempre.


Azares mitológicos


Anoche soñé que hojeaba un libro de azares mitológicos. El subtítulo decía “hazme favor”. Tenía imágenes de grabados viejos. Los azares eran como monstruos o como dioses y sus ojos parecían saberlo todo. Por eso (recuerdo que pensé en el sueño), por eso están tristes.




La pregunta

“Allí donde se queman libros, se termina quemando a los hombres”. 
Heinrich Heine


El maestro y su corbata azul, al frente de todos nosotros, indefenso y pletórico de dudas, cuenta una historia, la de la biblioteca de Sarajevo incendiada durante la guerra de Bosnia. Al quemarla, dice, los serbios querían terminar con todo rastro de pasado musulmán. Como si bastara quemar libros para extirparse mundos. Hombres al inicio y al fin. Luego, el maestro y su corbata azul, como huyendo sobre el caballo desbocado de todos los perseguidos de la historia, arroja sobre nosotros,  cansado, la  pregunta: ¿Por qué suceden atropellos así?

Como hombre postrado bajo la espada vengadora de los hombres, el maestro  pregunta inútilmente a sus alumnos. Nosotros, rifles, guillotinas y cañones, no tenemos respuesta. No nos interesa. Hoy sólo acudíamos inocentes al aula en donde la historia nos sería entregada para repetirla. La pregunta nos sorprende con su locuaz impertinencia, con su sinsentido. Hemos venido para ser ingenieros y chefs y abogados y comunicólogos. No queremos saber de quienes hemos sido.

La pregunta flota en el aire como la pluma de un pájaro que se extingue. Rebotan en las paredes todas las épocas del hombre y las miles de formas que han adoptado su crueldad y su torpeza. Primero como el susurro de un secreto y luego como truenos, se escucha el crujir de cuerpos y libros en hogueras. De a poco, comienzan a llover corazones frescos de sacrificios aztecas. El salón se llena de humo, huele a los papiros de Alejandría incendiándose mezclados con códices mayas y libros judíos y pinturas y discos. Una voz, que es todas las voces de todos los generales del mundo, dice: fuego. Pasan por el pizarrón  columnas infinitas de africanos huyendo de la muerte de la guerra hacia la muerte del hambre, luego aparecen aviones dando a luz bombas y luego el rostro pulido de millonarios y princesas en sus yates. Cruza Cleopatra de la mano de Buda. Nuestros rostros se tornan en animales, leones, aves, ballenas y serpientes que miran serenos cómo se estrechan las paredes. Detrás de esas paredes, se percibe algo similar a otras praderas, con otros tonos para el sol y campos de espigas azules. Una gran bomba de neutrones nace al centro de todos como una fogata, como propia hoguera.  Nos extinguimos, pero no hay respuesta, nadie de nosotros levanta la mano. Sólo el eco de un silencio milenario suena y suena. ¿Habrá registro en el universo de una torpeza semejante? O quizá sea, que el resto de seres del universo, más crueles que nosotros,  nos dejan solos en la agonía para que escarmienten otros universos, o quizá estemos solos y seamos la demostración de que ningún universo es posible. El maestro espera sudoroso, busca con mirada infantil quien aventure algo. Se desnuda desesperado para encontrar la respuesta.  Su ropa cae junto a todas las ruinas que quedan en el salón. Se arranca como plátano trozos largos de su piel. ¡Vean! –dice- ¡aquí hay una pista! no hay blancos, ni amarillos, ni negros. ¡Todos somos rojos! Busca en sus entrañas un resquicio no descubierto por la ciencia que guarde una bolsa de veneno. No encuentra y llora, por nada, llora. Abraza a sus hijos y nos abraza a todos. Nuestro silencio, al fin, piadosamente, le acaricia la cabeza y le acuchilla suavemente por la espalda.

Todo eso pasa, quizá como respuesta. El salón vuelve a ser lo que era. Los libros, continúan ardiendo en otro lado. El maestro se acomoda la corbata azul y dice: Abran su libro en la página 56.


Llueve mucho...


...y el ojo de su huracán no me quita la vista de encima.
De vez en cuando, un escombro me cruza el pecho y me veo:
hambriento sin su boca, polvo sin sus brazos.
Por suerte, el viento me lleva lejos, 
inalcanzable de mí.

Sueños húmedos

Trueno

Me apuñalan las rarezas.

Me gustan más los pervertidos que los decentes.

Mi anormalidad es la de los cursis y los suicidas: efervecemos y morimos.

Sin amor a mi patria,
sin temor a Dios,
cada vez entiendo menos y voy que vuelo para papalote.

Ofrezco recompensa a quien me traiga un trueno.

Datos personales



Me gusta la niebla…
y el otro que vomito por las noches.
Aprecio al miserable que me raya las paredes
y se atraganta cuando hablo con mi madre.
No temo a la oscuridad, sino a los reflectores.
Soy falso como las cumbres y las leyes y las verdades.
Y he visto estrellas y el mar, hombres, demasiados hombres, y 
y buitres, piedras y eclipses.
Me he visto en todo eso.


Huérfano de guerras, y causas para pelear,
creo que soy inmortal, 
como un castillo de arena.


Amo la niebla, definitivamente.
Sólo les temo a ustedes.



Feliz cumpleaños tú.



pero acuérdate que nunca seremos viejos.

Elogio de mi sin razón

Esta semana las he contado. Le he dicho a María trece veces “tienes razón”, y la tenía. En algún luminoso momento me encontré con ese truco que mejora nuestra vida. Una trampa que me funciona y me fascina. Ella tiene el defecto de ser rotunda sobre mí. Me aterriza. Me explica que los cuchillos no pueden meterse a la salsa y luego a la crema porque luego la crema o la mermelada o la mayonesa se echan a perder, o me dice, como a un niño, que no es verdad que sea patético asistir a la ejecución de los presos en Estados Unidos: “si a ti te mataran así, mi cara sería lo último que yo haría que tú vieras, que tuvieras”. Me cuenta sin quererlo que su vida es un pequeño pañuelo que lava y que cuida. María me habla del mundo que no entiendo, como a un ciego; yo la escucho; la escucho y pienso en la contundencia de las olas moldeando las rocas, la escucho a veces sin escucharla, sintiendo tan sólo como camina. Nunca nos hemos enojado con fiereza, supongo que nos da pánico la posibilidad de no tenernos, aunque sea a ratos o en sueños. Nos amamos, tan real como se pueda, nos amamos. Y es por eso que encumbro la maravilla que significa en la cuerda floja en que caminamos, el decir sin más: tienes razón. Prodigio. Se lo diré siempre, se lo gritaré como un gemido al poseerla, se lo pondré en su lápida y lo llenaré de flores, se lo escribiré en el facebook y se lo susurraré mientras duerma. Tienes razón, tienes razón hermosa. Porqué tu voz no es tuya sino un eco de ultratumba que te utiliza. Tú tienes razón, no yo, ni mis intentos de poesía. Es tú inocencia ruda la única posibilidad de vida.



Mi sobrino



a veces uno es manantial entre rocas, y otras veces, un árbol con las últimas hojas. 

Me atrevo a decir...


… que a la mayoría de nosotros corresponde uno o dos o varios amores luminosos. Mi tragedia, lo que me hizo el hombre infeliz que habito, es simple: se me encimaron. 
Meteoros salvajes enfrentados, transformándose en la arena de boxeo que vieron en mí.

Ahora mi paisaje está lleno de animales fantásticos.

La de la casa

¿Sabe qué señor?

nada me basta,
ni me llena.
Mi alma, señor,
es un colador,
un colador oxidado…

¡Dichoso usted y sus lindas niñas
porque eso es mejor que cuidar perros y hoyos negros!

Que dios le  bendiga a usted y a su puto dios que le miente…
y sí…
yo sé señor, que ya van a cerrar,
pero es que usted no ve
que afuera hay una enorme calle vacía
en donde yo soy lo único,

y doy miedo a las paredes,
porque a través de mí escuchan
el maldito eco del inicio del universo

y doy pena,
porque soy un beso torpe que se arrastra

y me doy miedo señor,
porque nada me basta
y ¿sabe qué?… eso, señor mío, 
inevitablemente
es suficiente.






A veces duele mentirte, la verdad.






....

Las cosas


Mi caso es raro. Algo en el fondo de mí, lucha por que sea chacharero. Desde que recuerdo, me fascinan los tianguis, las cosas viejas, las bodegas repletas de cosas abandonadas, las ventas de garage, los coches olvidados. Donde la mayoría ve algo digno de la basura, yo veo un tesoro, o por lo menos, una posibilidad, no sé de qué, pero una posibilidad. No puedo con eso, por supuesto. Cuando visito una ciudad pregunto dónde y cuando se pone su mercado de pulgas. No fui a la torre Eiffel pero recorrí cada rincón del mercado de viejo de los domingos (por cierto, el más grande del mundo según los parisinos) donde se concentran desde los anticuarios hasta los gitanos a vender “objetos”. Hay miles de torrecitas Eiffel. Me compré una muñeca que conservo. En Tulyehualco me compré un pequeño molino de viento sólo porque el marchante me dijo: es el original contra el que luchó El Quijote; en el mercado de San Felipe de Jesús me compré una tapita de pluma Bic de a peso; en Manchester una mantequillera de plata. Ir a un mercado, inclinarme para ver el manto de “objetos” expuestos a la venta, era para mí, como agacharme para cruzar la puerta a la dimensión extraviada de donde venían.  Pero recuerdo claramente como un día que llegaba al tianguis de la Lagunilla se me enchinaron los vellos del brazo y pensé: esto no es sano.

Mi colección más desarrollada fue de máscaras mexicanas de demonios. El virus se me incrustó cuando visité el Museo de la Máscara en Zacatecas. Había una sala, de paredes muy altas, que en una esquina concentraba como cien máscaras interpretando demonios, teofanías o nahuales. Me impresionó tanto que a partir de ahí comencé mi propia pared. Llegué a tener 69 máscaras de todos los rincones de México y de todos tamaños. Me especialicé. Sabía reconocer a simple vista la región de donde eran originarias, si estaban “bailadas”, si la madera era buena, si eran viejas o arregladas para que parecieran serlo. Amaba mi colección. Pero un día llegó que me enamoré de alguien que sin pedírmelo, me implicaba dejarlo todo. Me enamoré de algo superior. Y dejé mis libros y mi ropa y por supuesto, todas mis máscaras. Dejé mis máscaras, me puse otras.

Dije que mi caso es raro porque ahora estoy más cercano al pensamiento de que los objetos no significan nada, por lo menos, no gran cosa. Me mantengo visitando a los chachareros, pero mi apego a las cosas disminuye a pasos agigantados. Ya no es solamente que no me vuelva loco por ellas, sino que encuentro en ese acto, una mentira amable que nos distrae del inexorable tiempo. Un juego para jugar mientras morimos. Me gusta lo que dicen que decía  Sócrates cuando recorría la plaza los días de mercado sin comprar nada: “Me hace feliz ver todas las cosas que no necesito”.

Sigo, eso sí, subyugándome por la belleza de ciertos objetos. La de un mueble del siglo XIX o la de ciertos envases de shampoo del supermercado. Sólo es al deseo de poseer, al que tengo amarrado en una mazmorra, al fondo de mí.




El momento en que comencé a no querer perderla.

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... y justo en medio de aquella tormenta, susurró: un saludo a los espíritus.




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Oigo voces



Los ojos cerrados me parecen un buen lugar para escuchar a las personas. Me gusta la imagen de entrar por una cortina de terciopelo a un mundo sin forma al que va construyendo una voz en off, o a un mundo en ruinas que va describiendo un guía, una víctima escondida en los escombros, un conquistador. Claro, cuando a uno le cuentan cosas, uno no puede nomás cerrar los ojos y escuchar. Se comprende que aquel que te habla busca no sólo oídos sino miradas. Oídos donde poner tanta mierda, miradas donde algo pasa ¿un espejo, un laberinto? no lo sé. Como sea, yo me imagino ver  sólo el negro mientras los miro al punto donde nace la nariz o mientras miro al suelo, como suelo hacerlo. Me he preguntado si en ese instante mis ojos se hacen negros.

La gente habla conmigo de sus problemas porque dicen que sé escuchar, yo digo que nunca he aprendido a interrumpir a nadie. La mayoría de las veces las largas charlas sobre los periplos de la vida no me son agradables.  Me pasa que entre más concuerdo con lo que dicen, más me aburro y sólo pienso en árboles o mujeres, o qué se yo, tenis o pájaros. “Yo ya no puedo ayudarlo, ya hice lo que tenía que hacer…” “Tengo que pensar en mí, no sólo en ella…” “Es que yo soy así, me gusta ser así…” Aburrido. Y creo que aburrirse es normal porque tengo una teoría: el tipo del espejo está harto de mí.

Sin embargo, lo que sí disfruto es escuchar los relatos más desesperados, escuchar a los que de plano habitan o vienen corriendo de un mundo donde no se duerme (generalmente con cuatro paredes decoradas como las mías). Es como un pequeño viaje, un aire cálido que me rapta y me entierra las uñas, más aún, si me sale el cerrar los ojos sin cerrarlos. Así que me sumerjo fascinado en esas historias y mientras escucho, voy apartando las maravillas que emergen a la superficie. Como un detective que contempla el lago del homicidio con la fascinación que provoca no el ver el lago, sino el misterio. Dirán que soy morboso, pero lo dirán ustedes, porque para mí es como una colección de piezas preciosas y eslabones perdidos y contraseñas, que por un segundo asoman y desnudan ridículamente las claves de nuestra naturaleza condenada a ser infeliz e incompleta. Auroras boreales instantáneas y fugaces, que aparecen sobre los manteles del café y la banqueta. Mensajes cifrados de lo inútiles y abismales y (¡guau!) milagrosos que somos. El circo y el círculo de la vida. Es común que lo que flote en el agua de ese lago sea pura basura, cosas podridas, padres o amores en descomposición, dependencias, maravillas o apuestas perdidas. Es común. Por ejemplo, un día hablé con alguien al que poco después se llevaron a un manicomio afuera del metro Cerro de la Estrella. No le entendía nada, sólo el dolor. Lo que me contaba eran como los trozos de concreto de una casa despedazada, despedazada por él. Recuerdo que su cara y sus manos enrojecidas, su playera roja, me llevaron a la conclusión de que sangraba por dentro, como si todo lo hubiera derribado hacia el interior de sí mismo. Creo que yo andaba drogado, no lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que tiempo después, con un amigo, fui a verlo a su nueva casa, su hospital. Nos había invitado a una exposición de pintura en la que expondría “sus cuadros”. Y recuerdo claramente que dijo al teléfono: Vayan por favor, ya estoy saliendo. Buscando en una sala aséptica encontramos una pared donde comenzaba un rastro de sangre como trazado con un dedo, luego con varios y luego con la mano completa. Creo que ya lo encontramos, dijo mi amigo. Ajá, -dije- explotó.

De esas historias guardo varias. La de aquél que de niños me dijo: yo me enamoro cada diez minutos ¿tú no? La de Renata, la Lolita de la universidad, que me contó sonriendo tirados sobre el pasto: tengo ganas de matar a su vieja. La del Gato: neta que estaba más a gusto en la cárcel. Abrojos, cachos de desesperación que guardo celosamente en mis propios abrojos y cachos de desesperación.

Cuando la gente a la que escucho me pregunta: ¿o cómo ves? Yo invento cosas, certezas paliativas de las que no estoy seguro pero que sé que siempre ayudan. Y la gente se pone de pie igual de confundida pero a veces hasta sonríe. Ese día no quieren saber que la miseria es incurable y volverá. Al final, creo que escucho mi propia voz: hazme favor, tú que a nada le atinas.

A veces, cuando cierro los ojos, se me viene encima todo. Pero a quién le cuento que no lo aburra.

Moriré infestado de secretos.

Cruda de pesadilla y/o pesadilla de cruda.

Anoche no soñé que volvías, soñé que te esperaba.

Me había dormido borracho. Había alcanzado mi cama cruzando por un bar picado y por un desierto de calles lluviosas sobre las que se desmoronaban edificios. Era noche en que no te recordaba, ni te reclamaba, ni pensaba como siempre en la mierda en que me habías convertido desde tu estupidez de dejarme solo en este lugar lleno de vivos que no entiendo. Era noche en que no me hacías falta y no venía gritando dentro del carro. Pero llegué a la cama y  apenas cerré los ojos me senté en una banca que ahora no encuentro y me puse a esperarte durante todo lo que duran los sueños juntos, hasta sentir que no venías, que amanecía y no llegabas. Abrí varias veces los ojos, vi la ventana, el closet, la cortina, la mañana y me devolví siempre al sueño como un niño perdido que espera a que le recojan. Recuerdo mis pies zafándose de mis piernas, caminando un poco como palomas en la plaza, volteando a verme mutilado, con la boca seca y un dolor de cabeza parecido a tu olor que me atraviesa. Recuerdo tus uñas sin ti enterrándose en mi brazo y yo espantándolas como mosquitos. Recuerdo un niño diciendo: señor su papalote es un silencio. Sentí mis manos apretando un trozo de hilo flácido, miré al cielo y vi un punto, apenas un punto negro en el cielo. Como un grano de polvo. 

Luego desperté todo dolorido pensando en que no viniste. ¿Dónde andabas?

Viaje a la flor


Salimos al mar...


...pasamos junto a un lobo



llegamos a una isla...


cruzamos la isla.


Don Carlos cortó una flor...


y cruzó la isla con la flor...


y cruzó la isla con la flor...



y cruzó la isla con la flor...


en su mano.


La puso en la lancha...


volvimos al mar...


al mar,


 y llegamos a la casa,


... con la flor.

La nueva Morelia



Por cosas que no vienen al caso contar, en los últimos años he vivido pensando que pronto voy a morir. No me aflige, pero me ha hecho rondar el lugar común de los atormentados: tengo prisa. Prisa de qué, prisa para qué,  no lo sé, pero esta aquí, con su lujuria. Me despierta temprano y algunas noches no me deja dormir. Iba a decir: es como un zumbido, pero no, es más bien como un rumor que no deja de sonar mientras caes a un vacío, cualquier vacío. O sea, más inevitable, más definitiva que miles de zumbidos. La prisa me avienta a la calle a ver lo que creo que vi. Los rastros de nosotros como un milagro torcido; las piezas de lo que tal vez sea un secreto diseminado entre el asfalto; nuestras futuras ruinas hechas puentes y edificios. Sudo bajo este sol apocalíptico y sufro feliz de alucinaciones. Las cosas se mueven, las cosas bailan. Benditas las cosas que huyen para salvarse y bendita la prisa que ha sido buena conmigo y me arrojó a mis lobos para darme de comer de mí mismo. Tengo fotos. Tengo pistas de que quizá, hace tiempo que ya no estoy aquí.

Vi en mi ciudad descabezada otro mundo y no tengo más qué heredar por el momento.























Náufrago

Un poema que me prestaron


Y qué si este día no camino sobre la noche; me he acostumbrado a caminar descalza sobre piedra.

Qué si los girasoles al pasar me voltean su cara; he aprendido a caminar viendo espaldas.

Qué si la naturaleza un día rechaza mi nombre; comprendo que no fue ella quién me lo dió.

Qué si un día lo que pensé creer se desmoronara; he aprendido a buscar ilusión bajo la tierra.

Qué si un día siento tu abandono; me has enseñado a verte en la oscuridad, a encontrarte en el silencio,
a tocarte en el vacío.  

A ser parte de ti cuando siento ser parte de nada.


Sandra Arias  
(la que presta poemas en Morelia)    

¿A qué huele?


Sin metáfora, hay un olor ácido en la ciudad. Algo está dando vueltas a lo podrido y los que se quedaron atrapados, no lo notan. ¿A qué huele? No lo sé, intento descifrar el olor. Estoy sentado en una banca vieja de un parque abandonado y un chavo a mi lado escribe sobre un papel amarillo. Me pregunta si distrito federal se escribe con mayúsculas, luego, si auxiliar lleva hache. Me cuenta que es la tercera solicitud que echa a perder. Me dice valedor. Le quiero preguntar: a qué huele valedor, pero me quedo callado. Vuelve a su papel y yo a mi olor.

Yo nací  entre estos edificios grises y charcos de agua estancada. Crecí en todo este DF, que ya es demasiado. Viví en esta ciudad que es como una bravata o como un incendio forestal que no se apaga. Llevo sus mañas a donde quiera que voy. Hablo cantadito y aún digo “necesito” en vez de “ocupo”. Pero me fui hace tiempo, y ahora, sentado en la banca del parque abandonado, me siento lejos. Siete años después, cada que vengo, corto un absurdo y me lo voy rumiando en la carretera de regreso a Morelia.

Por ejemplos. Alguien, cualquiera, hace tres horas, a cualquier lugar. No se es taxista de la ciudad, se es taxista de rumbos de la ciudad. El viaducto, nacido vía rápida, hoy es tratado como un pobre estacionamiento. La lontananza es siempre una línea gris, y una línea amarilla sirve para dividir a hombres y mujeres. Verse con los amigos para tomar una cerveza es un crucigrama, demasiado lejos, demasiado tarde, demasiado tráfico, demasiadas fronteras. Es mejor quedarse en casa que sentir cómo el monstruo te disuelve en su saliva amarga.

Detesto un poco este DF, que sin duda es mejor que aquél que era cuando me fui hace siete años. Ahora los camiones semejan el decorado de las buenas ciudades; algunas calles del centro donde antes te correteaban, hoy pueden caminarse entre música y bares; los homosexuales van tomados de la mano y hasta se besan. Hay puentes, bicicletas, libros, conciertos y segundos pisos. Hay todo en la Ciudad. Pero odio sin querer su feroz dimensión y su acera llena de círculos viciosos, su cara desfigurada y su mentira majestuosa que reza: seremos urbanos o no seremos. Miro de reojo los charcos de agua podrida y veo que me reflejo.

Spinoza decía que el origen de la sociedad es pasional. El temor y la esperanza es lo que nos mueve a juntarnos a los otros. El temor a que una fuerza mayor nos aniquile. De muchas maneras, ahora esa fuerza somos nosotros, un bumerang. Una ciudad que se deglute a sí misma, donde no hay lugar para los perros, ni para los silencios, ni para la ciudad.

Ya en casa, escucho las noticias. Otra vez una tormenta ha colapsado el viaducto. Quienes gobiernan el DF confirman la sentencia: “este drenaje ya no es suficiente” o sea, no cabemos.

Huele a tercer piso…





Volvieron las golondrinas





Sólo pisaré concreto, pero miro hacia los postes... con las uñas.





No escribiré de hombres sino de golondrinas. Tampoco es que tenga mucho que decir. Mi sensación de descubrirlas volviendo es infantil. Me invento un ayer que descubre un hoyo negro posado sobre los cables y me vuelve un no tener palabras. Me atormentan las golondrinas, sin duda, obsesivamente (mis obsesiones son como chamarras que me voy poniendo hasta quedar forrado, jorobado y monstruoso mientras camino bajo el sol y sudo sin poder sacarme nada de encima hasta que las voy perdiendo en una esquina que nunca recordaré).


Como cada que encuentro un tormento lo compro; como tengo por dentro la carne tapizada de figuritas de pájaros y de ruiditos que no me dejan; como los pájaros siempre me sobrevuelan premonitorios, hoy quiero decir sólo eso, que han vuelto las golondrinas y que no es poca cosa. Es mejor que todos los eventos juntos este año, es mejor que todas las buenas noticias que han dado los diarios y es mejor que nosotros (lo hemos demostrado). Es noticia de primera plana que no aparece en ningún lado.


No sé de dónde vuelven y no importa. Si fueran a un universo paralelo y se cambiaran por otras, mientras nosotros pensamos que son las mismas que regresan, jamás lo sabríamos, nosotros, que somos los únicos que buscamos saberlo todo. Este año he decidido que son algunos de nuestros muertos, que ganaron un sorteo para venir a vernos y volar entre nosotros, un rato, hasta que vuelva el invierno.


No cuenten con nosotros

El F.C. United Manchester, es el equipo que se formó en rebeldía cuando los Glazer compraron al Manchester United F.C. Se inscribió en la última de las ligas del futbol profesional de Inglaterra exigiendo la pelota para la gente y no para el mercado. Hasta allá llegamos en peregrinación para buscarlos. Celebrando su primera victoria en la FA Cup (la liga mas vieja del mundo) dejo este artículo y canto (again): ¡¡Cantonaa!!¡¡Cantonaaa!!.


Ellos son como dice el poema:

Prueben a dejarlo todo diariamente.




 
 
o como dice Cri-cri:
 
Nosotros no somos así